“La tristeza de la Vía Láctea”, la obra póstuma de Lewin

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“La tristeza de la Vía Láctea”, la obra póstuma de Lewin

El 16 de marzo se presentó en la Sala Galileo Galilei “La tristeza de la Vía Láctea” la ópera prima que Andrés Lewin no pudo ver terminada desde la Tierra, ya que el destino le reservaba un inesperado y eterno viaje.

La galaxia humana perdía al cantautor argentino. Y la Vía Láctea, ese paisaje resplandeciente donde las estrellas centellean entre manchas oscuras de polvo y nubes de gas coloreadas, se convertía en un sitio más vacío, más pequeño. Andrés volaba a las estrellas, y su voz comenzaba a resonar ya en ese pequeño espacio estelar.

Escuchar su obra póstuma es viajar sobrecogidos por el alma infinita, poética, desnuda de sus canciones. Su música, siempre mirando al cielo en busca del cometa Halley, llegaba a sitios nunca antes descubiertos. Y con su muerte, murió también el mapa que llevaba a esos lugares irrepetibles. Dice su amigo Luis Ramiro que las letras y canciones de Lewin venían de otro planeta. Y es verdad. Un planeta en el que un niño de 7 años era capaz de pintar, hacer fotografías o tocar el piano como un adulto. Con la personalidad de un genio, con todo lo bueno y malo que eso conlleva. La alegría y el sufrimiento. Y eso impregna cada de uno de sus acordes, cada una de sus frases.

Al componer, Andrés Lewin sólo buscaba conseguir emocionar a los demás. No buscaba fama, ni dinero. Buscaba la belleza. Y la encontró muchas veces en forma de canciones. Su música conectaba con un mundo hipnótico en el que una vez dentro ya era imposible volver a salir. Allí en su imaginación, habitaban animales que podían hablar, amores imposibles en ciudades remotas, niños que se pasan la vida esperando el regreso de un cometa.

“La tristeza de la Vía Láctea” es un disco imprescindible para cualquiera, donde no existe el prejuicio y que rebosa una insólita belleza. Andrés se pasó un año largo dando forma a este álbum, escogiendo entre 30 canciones de un magnetismo irresistible, encuestando a sus amigos para asegurarse cuáles arañaban en el corazón con más ahínco.

Se reservó la fecha del lanzamiento para explicarle al mundo que había regresado, que esa forma de cantar y contar ya esbozada en Agencia de Viajes (2003) y Animales y Aeropuertos (2008) no era cosa insignificante. No pudo ser. Pero si algo dejó atrás en su partida, fueron buenos amigos dispuestos a honrar su memoria y gente que disfrutaba de su genialidad. Voces propias como Marwan, Conchita, Marino Sáiz o Paco Cifuentes, voces amigas y cómplices del mismo Lewin, su familia elegida, la que, como otros tantos, le visitó junto a los hermanos en sus últimos días.

Su legado son sus discos, canciones imborrables que quedarán ya para siempre en el recuerdo. Donde él, es dueño, por derecho propio, de su trozo de eternidad.

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